4 de mayo_2026 Por Carmen Gloria Silva, jefa de Políticas Públicas de Banco Santander.
Cada día es más común que nuestros hijos, en vez de pedirnos directamente algo, quieran dinero para comprarlo ellos mismos. Puede parecer un simple cambio de hábito, pero en realidad abre una gran oportunidad: enseñarles a manejar su propia plata. Ahí aparece la mesada.
Independiente del monto designado por los padres, la mesada puede ser la primera herramienta real de educación financiera desde temprana edad. Es pasar de comprarles “cuando lo piden”, a entregarles un monto mensual para que ellos decidan. Con eso, casi sin darse cuenta, empiezan a enfrentarse a la clásica disyuntiva de recursos limitados, frente a múltiples necesidades o deseos.
Ese pequeño monto se transforma en su primer contacto con conceptos clave como ingresos, gastos, ahorro y planificación. Aprenden que, si gastan todo hoy, mañana no tendrán más dinero y que si quieren algo más grande, tienen que esperar.
La mesada también ayuda a formar criterio. No es lo mismo gastar plata ajena que propia. Cuando el dinero es suyo, aunque sea poco, las decisiones cambian. Aparece la pregunta: “¿vale realmente la pena?”. Ese es un aprendizaje que ninguna conversación logra instalar con la misma fuerza.
Además, es una herramienta concreta para fomentar el ahorro. Se puede incentivar a separar una parte -aunque sea pequeña- para una meta específica. Con el tiempo, incluso es posible comenzar a introducir conceptos tan relevantes como el interés sobre intereses (también conocido como interés compuesto). Ver cómo el dinero crece, aunque sea lentamente, genera motivación.

En lo práctico, no hay una fórmula única. El monto depende de cada familia, pero lo importante es que sea constante y significativo para el niño. Idealmente, entregarlo de forma periódica -incluso con transferencias automáticas- ayuda a ordenar y a simular ingresos reales. También se puede complementar con tareas domésticas adicionales que permitan aumentar ese monto, enseñando que el dinero no solo se recibe, también se gana con esfuerzo.
Y no se trata solo de la mesada. Todo dinero que reciban -regalos de cumpleaños, incentivos o premios- puede ser parte del aprendizaje de autonomía financiera. Así, la mesada no es un gasto más, es una herramienta educativa. Es el espacio donde los niños pueden aprender y también equivocarse a baja escala, replicando a su medida las mismas decisiones que van a enfrentar de adultos.
Por último, la mesada abre conversaciones. Preguntar en qué se gastó o si se arrepienten, qué harían distinto. Porque al final, más que enseñarles a gastar, se trata de ayudarlos a tomar buenas decisiones, que servirán de aprendizaje para su vida adulta.
