Aprender sobre el dinero a los 10 años: una lección que dura toda la vida

A los 10 años, los niños están en una etapa clave para formar hábitos que influirán en su vida adulta. Es un momento en que comienzan a desarrollar mayor autonomía, a tomar pequeñas decisiones por sí mismos y a entender que sus elecciones tienen consecuencias. Por ejemplo, cuando deciden gastar toda su plata en láminas o dulces un día y, en el futuro, cuando quieran otra cosa de un mayor valor, no les alcanza.

En ese contexto, “aprender sobre elementos financieros básicos es una herramienta esencial para desenvolverse con mayor seguridad en la vida cotidiana. A los 10 años no se trata de entender finanzas complejas, sino de aprender a tomar buenas decisiones con recursos limitados, una habilidad que vale para toda la vida”, señala Carmen Gloria Silva, jefa de Políticas Públicas de Banco Santander.

¿Qué debería saber un niño a esta edad?

El primer paso básico es comprender qué es el dinero y para qué sirve. Para un niño, esto significa entender que el dinero permite intercambiar bienes y servicios, pero que no es infinito. Una forma concreta de enseñarlo es a través de una mesada o un monto semanal, que le permita darse cuenta de que los recursos son limitados.

Por ejemplo, si recibe $5.000 para la semana, puede decidir entre gastarlos en un juguete pequeño de inmediato o guardar ese dinero para algo más grande después. Ahí aparece una primera lección clave: cada decisión implica elegir y renunciar a otra cosa.

Junto con eso, es fundamental introducir la idea de ingresos y gastos. Los niños deben saber que el dinero no aparece mágicamente, sino que proviene del trabajo de las personas. Se puede explicar con situaciones simples y decirle: “Esto que compramos en el supermercado se paga con el sueldo que recibimos por trabajar”, recomienda Silva.

Al mismo tiempo, pueden empezar a registrar en qué gastan: desde un helado a la salida del colegio hasta un juego o accesorios para sus hobbies. Incluso algo tan simple como anotar en un cuaderno en qué se fue su plata les permite visualizar sus decisiones y entender por qué a veces “se les acaba rápido”.

Otro aprendizaje clave es diferenciar entre necesidades y deseos. No todo lo que queremos es imprescindible y aprender a priorizar es una habilidad central. Por ejemplo, entender que una colación para el colegio es una necesidad, pero un juguete nuevo o un skin en un videojuego es un deseo. Este tipo de distinción se puede trabajar en situaciones cotidianas, como cuando están en el supermercado o mirando algo que quieren comprar.

Este también es un buen momento para involucrarlos en decisiones simples: comparar precios entre dos productos, elegir entre distintas alternativas o planificar una compra. Por ejemplo, decidir si conviene comprar un juguete más barato ahora o esperar una oferta. Así comienzan a entender que cada decisión tiene consecuencias.

El ahorro es, probablemente, uno de los hábitos más importantes a esta edad, insiste la ejecutiva de Banco Santander. Pero más que guardar por guardar, lo relevante es ahorrar con un objetivo. Plantea que un niño lo entiende mucho mejor cuando tiene una meta concreta: juntar plata para una bicicleta, un videojuego o una salida especial. Ese proceso esperar, juntar de a poco y finalmente lograrlo- no solo enseña sobre dinero, sino también sobre paciencia y planificación.

En un mundo cada vez más digital, la inclusión financiera también comienza temprano. Muchos niños ya ven a sus padres pagar con tarjetas o aplicaciones, por lo que es importante explicar que ese dinero sigue siendo real. Por ejemplo, cuando ven que se paga “con el celular”, puede parecer que no cuesta nada. Ahí es clave explicarles que ese pago igual se descuenta después de la cuenta o del saldo disponible. También pueden conocer herramientas básicas como cuentas de ahorro para niños o tarjetas prepago, siempre con supervisión, para que entiendan cómo funciona el dinero en la práctica.

Por último, la educación financiera también implica valores. Entender que el dinero puede usarse no solo para consumir, sino también para compartir o ayudar a otros, contribuye a formar una relación más consciente y equilibrada. Esto se puede ver en acciones simples, como decidir guardar una parte de su dinero para hacer un regalo, ayudar en una colecta o apoyar a alguien cercano.